Saltar al contenido
Zona rozada en un cabo viejo

Inicio / Arte marinero / Nudos y cabuyería a bordo / Cuándo un cabo está acabado

Cuándo un cabo está acabado

El cabo rara vez rompe por sorpresa. El aviso está ahí, pero no se ve si uno no sabe qué buscar. Y rompe justo cuando la carga es mayor.

Un cabo de amarre roza contra un canto vivo y se deshilacha en ese punto. Un protector deslizado encima cubre la zona y el cabo queda intacto.

Qué envejece un cabo

El sol degrada las fibras, los cristales de sal actúan por dentro como esmeril, y cada canto por el que pasa un cabo se lleva más en ese punto que todo el resto del año.

La prueba al tacto

Un cabo sano es flexible y rueda entre los dedos. Cuando se vuelve duro, rígido o acristalado, el material está agotado. No cuenta cómo está al terminar la travesía, sino cómo está una vez seco.

La prueba a la vista

Camisa deshilachada o abierta, alma a la vista, zonas descoloridas, engrosamientos o adelgazamientos locales. Un adelgazamiento significa que el alma ya se ha roto por dentro.

Retirar, no acortar

Una escota puede invertirse una vez para que el punto de roce quede en otro sitio. Después, fuera. Una driza que lleva años pasando por el mismo punto del palo no mejora por darle la vuelta.

Cuidado de cabos durante toda la temporada

Cuidar los cabos consiste sobre todo en dos cosas: ver el daño a tiempo y reducir lo que lo provoca. Un cabo que pasa a menudo por la mano le cuenta casi todo lo que necesita saber. Acostúmbrese a recorrer con los dedos, despacio y mirando, todas las escotas, drizas y amarras al principio y al final de cada temporada.

Fíjese sobre todo en los puntos donde un cabo trabaja siempre en el mismo sitio: en la mordaza, en el tambor del winche, en el motón de reenvío, en la roldana del tope y donde la amarra pasa por la regala. Ahí se concentra casi todo el desgaste, mientras el resto del cabo puede parecer casi nuevo.

En el día a día ayudan los pequeños gestos. Adujar los cabos sin apretar después de navegar, en lugar de atarlos con fuerza. No guardar cabos mojados en un pañol cerrado y no dejar las escotas en tensión sobre el winche durante la noche. Así el material se mantiene flexible y se seca antes de que la sal y la suciedad se queden dentro.

Cómo lavar los cabos: fuera la sal y la arena

Los cristales de sal y la arena fina se meten entre las fibras. Con cada movimiento rozan el material por dentro y el cabo se endurece. Lavarlo no es cuestión de estética, alarga su vida útil. Un buen aclarado con agua dulce después de una travesía salada ya hace mucho.

Para un lavado completo suele bastar agua tibia con un detergente suave. Muchos fabricantes admiten el lavado a mano o un programa delicado con poco centrifugado. La lejía y los limpiadores agresivos atacan las fibras y no deben tocar un cabo. Lo que vale para su cabo concreto lo indican las instrucciones del fabricante.

  1. Adujar el cabo sin apretar y sujetarlo con dos o tres ligadas para que no se enrede.
  2. Ponerlo en remojo en agua dulce para que se disuelva la sal.
  3. Lavarlo a mano o en programa delicado dentro de una bolsa de lavado, con detergente suave.
  4. Aclarar bien con agua limpia hasta que no salga espuma.
  5. Dejarlo secar colgado y suelto a la sombra, nunca sobre un radiador ni a pleno sol.
Todas las fichas

Cabos y rayos UV: el desgaste que no se nota

La radiación ultravioleta descompone las fibras de la superficie. El color se apaga y el cabo pierde resistencia mucho antes de verse más fino. Los que más sufren son los que viven siempre fuera: las amarras en el puerto, los cabos de rizo en la botavara y las drizas reenviadas por encima de la cabina.

En un cabo de camisa y alma, la camisa protege el alma que soporta la carga. Por eso una camisa descolorida y áspera es un aviso serio, aunque el alma parezca estar bien. El poliéster aguanta el sol en general mejor que la poliamida, y las fibras de alto módulo suelen necesitar una camisa que las proteja. Un amarre en aguas del sur, con mucho sol, envejece los cabos bastante más deprisa que uno en el norte.

Protegerlos es sencillo. Subir las drizas dentro del palo o taparlas, guardar las escotas en el pañol al terminar y, en estancias largas, usar cabos más viejos como amarras para no gastar los buenos. Revise con más frecuencia los cabos que están al sol todos los días que los que pasan casi todo el tiempo bajo cubierta.

Cambiar un cabo de amarre: cuándo y cómo

Las amarras trabajan día y noche. El mar de fondo y el viento mueven el barco, y cada movimiento roza el cabo contra la cornamusa, la guía y el pantalán. Cambie una amarra en cuanto la prueba al tacto o a la vista le deje dudas, no cuando ya esté rozada hasta el alma. Una amarra dura y acristalada ha perdido su elasticidad y ya no amortigua los tirones.

Al cambiarla, mire también la causa. Si la vieja rozaba siempre en el mismo canto, ahí hace falta una protección, por ejemplo un trozo de manguera o una funda de cuero o de cinta. La nueva debería tener la misma longitud y el mismo grosor que la que le ha dado buen resultado, salvo que aquella ya se quedara corta.

  1. Preparar el cabo nuevo con una gaza hecha a costura o con nudo, cortado a la misma longitud que el viejo.
  2. Dar y hacer firme primero el cabo nuevo y solo después soltar el viejo, para que el barco nunca quede sin amarrar.
  3. Colocar protección contra el roce en la regala, la guía y el pantalán.
  4. Retirar el cabo viejo como amarra para siempre; como mucho, guardarlo como cabo auxiliar corto que nunca trabaje con carga.

Chicotes, gazas y almacenaje de cabos en invierno

Un chicote abierto se deshilacha, y cada paso por un motón o una mordaza lo empeora. Los chicotes de fibra sintética se suelen sellar con cuchilla caliente y asegurar además con un falcaceado. El extremo sellado por sí solo acaba agrietándose; el falcaceado mantiene unidas camisa y alma incluso entonces.

Las gazas y las costuras merecen su propia revisión. Una costura bien hecha suele resistir más que un nudo, pero una mal hecha puede aflojarse. Compruebe que la camisa queda lisa donde termina la costura y que no asoma el alma por ningún lado.

En invierno, los cabos deben estar lavados, del todo secos y adujados sin apretar en un lugar seco, oscuro y ventilado. No en el suelo de un garaje húmedo ni cerrados en una bolsa de plástico, porque ahí aparece el moho. Etiquete cada cabo al desaparejar, y en primavera volverá a su sitio sin dudas.

Preguntas frecuentes

¿Cada cuánto conviene lavar los cabos?

Un lavado a fondo por temporada, normalmente antes de la invernada, basta para la mayoría. Después de travesías con mucha sal ayuda además un aclarado con agua dulce. Más que la frecuencia, importa que el cabo se seque por completo.

¿Se pueden lavar los cabos en la lavadora?

Muchos fabricantes lo permiten en programa delicado, con detergente suave y poco centrifugado. Meta el cabo en una bolsa de lavado o átelo antes en una madeja suelta. Lo que manda son las instrucciones de cada cabo.

¿Cómo reconozco el daño por UV en un cabo?

Por el color apagado, una camisa áspera y peluda y un polvo fino que queda en los dedos al frotar. Si el cabo se nota quebradizo, las fibras ya están debilitadas.

¿Cuándo hay que cambiar una amarra?

Cuando se ha vuelto dura y rígida, la camisa está rozada o se ve el alma. También conviene cambiarla si apenas cede bajo carga, porque transmite cada tirón sin amortiguar a la cornamusa y a la cubierta.

¿Hay que engrasar o aceitar los cabos?

No. La grasa y el aceite atrapan suciedad y hacen que el cabo resbale en las mordazas. Algunos fabricantes de cabos ofrecen tratamientos impermeabilizantes; si alguno es adecuado para su cabo, lo indica el fabricante.

¿Cómo se guardan los cabos en invierno?

Lavados, bien secos, adujados sin apretar y en un sitio seco, oscuro y aireado. Un envoltorio hermético favorece el moho y el mal olor.

Nudos y cabuyería a bordo Los cinco temas Seguro de altura

Qué tiene esto que ver con el seguro

El desgaste no suele estar cubierto por el seguro de casco, y un daño derivado de un cabo roto se juzga precisamente por eso. Lo que rige para su contrato está en su condicionado. El consejo práctico no cambia: las drizas y las escotas tienen una edad, no solo un estado.

Una niña lleva el timón de un velero, su padre señala al frente y su madre sonríe a pleno sol

La próxima generación al timón

Ella al timón, nosotros a su lado.

La prima en un minuto y una persona al otro lado del teléfono.

O llámenos ahora: +49 3375 29 12 77